En la Calle Negrín, Jesús María era el “piache”

Quinta de Jesús María Negrín en Sabana Grande
Quinta de Jesús María Negrín en Sabana Grande

La   historia menuda de Caracas, ese día tras día que vemos reflejado en los nombres de sus calles,  esquinas avenidas,  se va haciendo de origen desconocido para la mayoría de sus transeúntes, ignorando la vida, obra, anécdota  de personajes caraqueños o foráneos que hicieron de ese específico lugar, un rincón inolvidable de la ciudad. 

A continuación le presentamos a Jesús María Negrín, tal como lo describió en un reportaje la Revista Elite en 1934, año de su deceso.

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“La muerte de Jesús María Negrín, personaje que desde hacía muchos años ocupaba un lugar prominente en la mitología popular venezolana, tuvo una resonancia tal entre la legión de sus admiradores que resolvimos contemplar de cerca su vida y su obra para narrarla desde  las páginas de Elite.

Jesús María Negrín – tuvimos ocasión de conocerle fugazmente- era un tipo rústico, de hablar lento y ademanes cautelosos. Sus ojos siempre ocultos tras los párpados, escrutaban largamente al interlocutor, en tanto le dirigía preguntas imprevistas con voz premiosa y apagada su rostro exangüe se iluminaba tenuemente mientras contemplaba al trasluz, el frasco de cristal que todos los pacientes estaban obligados a entregarle para su misterioso diagnóstico.

Jesús María Negrín, foto tomada de la Revista Elite, 1934
Jesús María Negrín, foto tomada de la Revista Elite, 1934

Siempre con el sombrero calado y un bigote ralo y lacio cayéndole sobre los delgados labios, Jesús María Negrín producía una    impresión singular: suerte de incredulidad y de fé, a un tiempo.

–Usted siente puntadas en el vientre. Usted tiene fiebre de noche. Usted duerme mal, con pesadillas. Usted…— Y Negrín con gestos sonámbulos, iba diciendo entre dientes todos aquellos síntomas que la “lectura” del frasco de cristal le sugería.

Envuelto en la penumbra de su recetario, todo circundado de estanterías conteniendo multitud de envases de vidrio con muestras de parásitos expulsados por sus clientes. Negrín se alejaba luego hacia la trastienda y regresaba con una pequeña botella verdosa entre sus manos.

–Tómese tres cucharaditas de esta medicina todos los días.— Jesús María Negrín fue todo un tipo popular y por ello le consagramos estas páginas para lanzar una ojeada sobre su singular humanidad.

Su hijo, Helidoro Negrín, tuvo la gentileza de suministrarnos cuantos datos le fue posible para facilitar nuestro trabajo. Pero, con todo, Jesús María Negrín era un hombre hermético, tan dueño de su pasado, que no obstante la amable colaboración de su hijo, no pudimos obtener un vago esbozo de sus años juveniles y de su iniciación en el arte de curar.

Heliodoro y Domingo, hijos de Jesús María Negrín
Heliodoro y Domingo, hijos de Jesús María Negrín

Parece que Jesús María Negrín, hacia la veintena, vióse arrastrado por las revueltas internas  tomando  parte en diferentes hechos de armas. Incorporado a las filas recorrió gran parte del país, hasta que su buena estrella hizo que una bala le dejase tendido un día cualquiera en un encuentro. Tal hecho aconteció en una región andina y fue recogido por unos indígenas, quienes le llevaron consigo y lo pusieron en manos del “piache” (brujo o curandero) de su tribu. En compañía de ese “piache” permaneció Negrín por espacio de seis años, adueñándose de todos los secretos del cobrizo empírico.

Desde niño, experimentó Negrín una insaciable curiosidad por nuestra flora, cuyos vegetales secretos presentía. De allí que la dilatada experiencia del “piache” pusiese en marcha todos sus confusos anhelos y le permitiera llevar a la práctica todo cuanto su instinto vagamente le insinuaba.

El “piache”, para realizar sus curaciones, exigía le fuese suministrado un objeto cualquiera del paciente o una hebra de su pelo. Luego de concentrarse profundamente dictaba su diagnóstico, el cual era seguido textualmente por la multitud de indígenas que tenían gran fe en su sabiduría.

Jesús María Negrín, hombre sagaz, aprovechó sólo aquellos  conocimientos del “piache”.

Con tan extraordinario bagaje, dióse Negrín a experimentar por sí mismo, años más tarde, alcanzando continuos éxitos. Parece que nuestro personaje poseía una intuición nada corriente, que le guiaba en sus tenaces experimentos. Conociendo de modo empírico la virtud curativa de infinidad de plantas tropicales, cuya nomenclatura técnica quizás desconocía.

Negrín, con toda buena fe, puso sus conocimientos al servicio de sus brebajes, que estaban confeccionados con zumos de plantas nuestras, muchas de las cuales aún permanecen inclasificadas y cuya variedad es  verdaderamente asombrosa.

Como uno de los factores esenciales de toda curación es la fe del paciente en la medicina que se le administra o en la persona que la índica, pues tal disposición de ánimo crea una especie de autogestión favorable a la reacción del organismo, resultaba de ello que muchos- la mayoría- de los pacientes de Negrín, sugestionados por su misteriosa simplicidad, que le hacía aparecer como un ente telúrico, dueño de insospechados recursos, mejoraban a ojos vistas de sus quebrantos, con lo cual creía interminablemente en la fama del empírico.

Si tomamos en cuenta, además, que un considerable porcentaje de las enfermedades corrientes, entre nosotros, son de origen parasitario, se explica fácilmente que los preparados de Negrín produjesen un alivio inmediato en la generalidad de los casos, pues muchos de esos zumos vegetales, que él administraba, encerraban propiedades vermífugas.

–Mi padre- nos dice Heliodoro Negrín-estuvo mucho tiempo sin dedicarse a recetar, pues mi abuela se lo había prohibido. Una vez muerta ella, decidióse a poner en práctica sus conocimientos. Vivíamos en aquel entonces en “La Cañada” y su primer cliente fue un compadre de Los Dos Caminos.

Estamos conversando con el hijo de Jesús María Negrín en el recetario que éste había instalado en la parte posterior de la quinta que últimamente habitara, situada en Sabana Grande. Es una finca rodeada de gran parque, cuyo esplendor vegetal sin duda era grato a aquel que parecía conocer todas las virtudes ocultas de las plantas.

Caracas, Venezuela N°42 Savanna Grande Foto: A Muller
Caracas, Venezuela N°42 Savanna Grande Foto: A Muller

–Sí, todos esos frascos contienen muestras de los parásitos que los clientes curados por papá le regalaban en prueba de gratitud. Aquí no están sino unos pocos, pues los demás los guardaba en otros cuartos.

Funeral de Jesús María Negrín
Funeral de Jesús María Negrín

El  recetario de Negrín está separado de una especie de sala de espera, mediante una barandilla de madera. Innumerables tenías y parásitos de aspecto extraño flotan en el alcohol de los envases. El saloncillo tiene cierta atmósfera peculiar con su penumbra, las frugales estanterías y la presencia de un anciano de aspecto campesino que escucha atentamente nuestro diálogo.

–Se llama Henrique Rodríguez y conoce también muchas plantas. El acompañaba siempre a papá  por los campos en busca de yerbas.

–Conozco casi todos los preparados que recetaba porque desde niño me he ocupado de eso. No poseo sus mismas facultades, pero tengo una gran práctica y puedo curar a algunos.–, refirió Rodríguez.

En esos precisos momentos penetró en el recetario un campesino. Uno de esos típicos hombres del campo venezolano: sombrero de pelo de guama, alpargatas, franela y chaparro en mano. Venía en busca de su medicina.

Calle Real de Sabana Grande, años 30
Calle Real de Sabana Grande, años 30

–Hubo épocas en que recetaba como a cien personas por día. De todos los pueblos y haciendas venían a consultarlo. Y de Caracas, no se diga…–Heliodoro Negrín habla de su padre con voz ferviente. Es innegable que el extinto poseía la facultad de inspirar una extraordinaria confianza a todos cuantos le rodeaban.

Calle Negrín, entre la avenida Libertador y la avenida Francisco Solano, Sabana Grande, Caracas
Calle Negrín, entre la avenida Libertador y la avenida Francisco Solano, Sabana Grande, Caracas

Contemplado a primera vista resultaba un tipo insignificante, pero como generalmente sus interlocutores eran gentes rústicas o pacientes desesperados, resultaba que Negrín con sus vagas frases y sus ademanes sonámbulos, amén del singular carácter de su diagnóstico de “lectura” de las aguas, despertaba en sus clientes una creciente esperanza en su curación. Su presencia removía en lo íntimo de los enfermos todo el sedimento supersticioso y esa confusa fe en lo sobrenatural que siempre está presente.

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